La dinámica de lo impensado. Por Federico Siano

Hay frases que sobreviven al tiempo porque no hablan solamente de fútbol. Hablan de la vida. Cuando «Dante Enrique Panzeri” (1921-1978), pionero del Periodismo Deportivo de Argentina y el Río de la Plata; escribió sobre “la dinámica de lo impensado” en su libro que llevó cómo nombre: El fútbol es la dinámica de lo impensado (publicado en 1967), no estaba defendiendo el desorden ni el caos. Estaba señalando algo más profundo: el fútbol, como la vida, nunca terminan de encajar del todo en un pizarrón.

Hoy vivimos una época donde parece que todo debe ser calculado, redituable (amistades, relaciones de pareja, viajes, etc). El fútbol no escapa a esa lógica del orden social imperante. Así se llena de sistemas tácticos, algoritmos, presiones o “prisiones” coordinadas y estadísticas infinitas. Y algo parecido ocurre fuera de la cancha: métodos para ser exitoso, fórmulas para emprender, rutinas perfectas para vivir mejor, maneras “correctas” de sentir, producir, vivir, comer y hasta descansar (El bendito ocio productivo).

La pregunta quizás no sea si esos métodos sirven o no. Muchas veces si. Un equipo necesita cierto orden. Una persona también. Tener proyectos, deseos, objetivos o una dirección puede ayudar a lidiar con la incertidumbre cotidiana. El problema aparece cuando el método se convierte en un “ídolo” y el ser humano queda reducido a una pieza más del sistema.

Panzeri desconfiaba de eso. Creía que el fútbol dependía menos de la táctica que de la capacidad creadora de los jugadores. Que el juego verdadero aparecía en lo inesperado: un pase que nadie vio, una gambeta improvisada, una decisión imposible de planificar. En definitiva, en aquello que rompe el libreto.

Tal vez por eso su mirada sigue incomodando. Porque vivimos en una fase histórica donde todo parece inclinarse hacia lo cuantitativo. El capitalismo contemporáneo necesita medir, controlar y optimizar. El fútbol profesional no escapa a esa lógica del Capital. La danza de millones exige resultados inmediatos, híper-exigencia y eficacia permanente. Entonces aparecen entrenadores convertidos en gerentes, jugadores transformados en datos y partidos pensados como ecuaciones.

Pero aun así, el fútbol resiste.

Resiste cada vez que un chico juega en un potrero sin saber de presión alta ni de ocupación racional de espacios. Resiste cuando un hincha se enamora de una forma de jugar aunque no garantice títulos. Resiste cuando aparece una jugada imprevisible que hace estallar un estadio entero porque nadie la esperaba.

Y quizás en eso encontremos una enseñanza para la vida.

Porque vivir no significa renunciar a todo orden, del mismo modo que jugar bien al fútbol no implica ignorar cualquier idea táctica. El desafío parece ser otro: construir proyectos sin quedar presos de ellos. Tener un rumbo, pero dejar una puerta abierta para aquello que no controlamos.

La vida también tiene su dinámica de lo impensado.

A veces lo más importante llega de maneras que no comprendemos: un encuentro casual, un trabajo inesperado, una conversación, una pérdida, una oportunidad o incluso un fracaso que termina cambiando el recorrido entero. Y quizá parte de madurar consista en aceptar que no todo puede programarse.

En tiempos donde se nos exige rendimiento constante, quizás haga falta recuperar algo del juego. Del fútbol entendido no solamente como negocio o resultado, sino como espacio de creatividad, disfrute y sorpresa. Porque tanto en una cancha como en la vida, hay cosas que sólo aparecen cuando dejamos un margen para lo inesperado, para lo abierto.

Federico Siano tiene formación en Periodismo Deportivo y Salud Mental.

Es colaborador de nuestro sitio web: sanjoweb.com